EL EXAMEN 2

Quien estuviera creído de que el examen era ayer, día 13, lo siento. Al final lo cambiaron a hoy, 14 de enero de 2008, fecha en que a pesar de que:

- Al salir de una rotonda se me ha calado el coche (el de delante iba increíblemente despacio)
- Me dolía un horror la cabeza, mi compañera de examen tenía histeria e incontinencia verbal.
- Me ha examinado una mujer

HE APROBADO EL EXAMEN DE CIRCULACIÓN

J. se ha permitido el lujo de hacerse el interesante con los resultados, y algo me dice que ha hablado en mi favor ante la examinadora. Al decirme por fin que había aprobado, no he tenido más remedio que echármele al cuello, lo cual no me ha hecho sentir tan avergonzada como enseguida he supuesto, ya que mis compañeras aprobadas se han mostrado igualmente efusivas. Pobre J., estaba emocionado.

Dentro de una semana podré recoger mi permiso prvisional, y empezar a suplicar que me dejen un coche... Entretanto, como es lógico, ya no actualizaré más, pero mantendré este blog para recordarme a mí misma cuando quiera los momentos memorables que he vivido aprendiendo a conducir.

Aviso para navegantes: el carnet, en total, ha tenido un coste de 2110€.


Día veintitres: tirandillo

No lo he hecho mal en esta primera clase de 2009 y espero que penúltima clase. Desde luego, es la penúltima antes del examen, que tendrá lugar el próximo día 13 de enero.
Tal como están las cosas, espero aprobar para entonces y ser una candidata más a morir sobre el asfalto, ya que así ve la, cada vez más siniestra, DGT a los conductores.
Un furgonetero (¿podía ser de otra forma?) me ha provocado lo que hubiera sido una falta grave, al ir a incorporarme a su carril, me ha dejado paso, pero luego ha cambiado de opinión y ha acelerado, con lo que J. ha tenido que pisar el freno.
Más adelante, cuando ya volvíamos a la autoescuela, J. me ha dicho: "Ahora gira a la izquierda". Yo he girado y él ha comentado: "Muy bien, muy buena maniobra. Sólo que ésta no es la izquierda".

Tranquilos, aprobaré el martes.

Día veintidos: stress post-traumático

Lo he llevado muy bien. He vaciado en mi desayuno lo que quedaba de la caja de Keledén que compré tras el examen, y he conducido de maravilla. J. me ha elogiado mucho (y eso que él desconoce el significado de la palabra elogio), he aparcado dos veces sin dudar en ninguna de ellas (J. me ha dicho que he tenido suerte), he hecho correctamente las incorporaciones, las salidas, los cambios de marcha, un adelantamiento... Como la seda. Estoy muy contenta, daré otra clase la semana que viene porque obviamente no necesito más frecuencia.

Bueno, en realidad casi la cago a mi estilo al final: un coche se incorporaba por mi derecha, con el carril a mi izquierda vacío, así que me he dicho: "Voy a desplazarme para dejar pasar a este amable señor", y he puesto el intermitente. Al iniciar el desplazamiento, una furgoneta (creedlo o no) ha acelerado por ese carril izquierdo, cortándome el paso, ¡y J. ha tenido que esquivarla! Eso hubiera sido otro cate, pero...
Sigo satisfecha.

EL EXAMEN : la venganza del furgonetero

No he hecho hoy mi último examen de conducir. Y, contra mis deseos y contra todo pronóstico, estaré viendo a J. dos veces por semana más, hasta el próximo día 13. El examinador no ha querido que conduzca en Nochevieja: podré beber.

Al salir de la autopista, una furgoneta que circula por el carril de salida se coloca a mi altura exactamente al poner yo el intermitente. ¿Por qué, por qué? Para demostrarme que no sé ceder el paso a los que circulan por su carril, a los que no debo interrupir por mucho que me toquen los huevos.

Aún me queda una convocatoria más (antes de pagar más tasas).

Seguiré informando. Ahora me voy a llorar un rato.

Día veintiuno: ¿el último?

¿Habrá sido la de hoy la última clase? Si por J. fuera, ya sé yo que no, puesto que hace un ratito que acaba de llamarme para ofrecerme una clase mañana antes del examen, que he rechazado. Esto de que los profes cobren por clases es una peste. Aunque yo también lo haría, supongo.
En definitiva, hemos hecho una clase de repaso en la que he cometido mis errores habituales sin mejorar prácticamente en nada. Como veis, intento controlar mis nervios a base de ironía, a falta de Keledén (no se encuentra en farmacias).
Hoy iba por la autopista y he notado un ligerísimo temblor en el pedal del acelerador. Inmediatamente he mirado a J., que me ha dicho: "No me mires, sólo levanta el pie. Cuando yo considere que vas muy deprisa en el examen, te haré esta señal. Por hacer esto el chivato no pita. Así que no me hagas como aquella subnormal a la que le hice esta seña y se puso a chillar: ¿Quién me está tocando los pedales? Tenlo en cuenta para mañana. Y, al aparcar, te ayudaré con la observación mirando al espejo que tú tengas que mirar. Recuérdalo."

Si J. considera que necesito ayuda en el examen, mal vamos.

De todas formas, por desearme suerte para mañana no perdéis nada...


Día veinte: tres, dos, uno... ¡CERO!

El examen es sólo pasado mañana.


No queda nada.


No queda nada.


(Respira de la bolsa, cariño. Estás hiperventilando)


Es un episodio típico de ansiedad.


No soy capaz de escribir nada coherente.


Venga, ánimo. Hoy no lo he hecho mal...


Aunque J. me ha ayudado en algunas cosas.


Y me ha contado horribles historias sobre gente que se examina 1000 veces.


Otras eran sobre gente que se ponía nerviosa hasta el paroxismo.


Ésa soy yo...





¡ÉSA SOY YO!



¿La única solución?


Día diecinueve: yo no seré así

Lo juro. No seré una conductora colérica con las autoescuelas, sino que seré paciente, respetuosa y comprensiva.

Hoy, al entrar en una rotonda, un autobús ha entrado antes que yo, por el carril izquierdo y, claro, yo he esperado a que entrara para hacer lo propio después, aunque fuésemos en carriles distintos. Sin embargo, un subnormal no identificado (la rabia me cegaba) que iba detrás de mí, se ha puesto a pitarme, con tal saña, que me he dirigido a él en estos términos: "TE JODES". Y he entrado en la rotonda.

Él ha ido a continuación detrás de mí, en la misma salida, cada uno por su carril durante unos metros, pero luego mi carril (el derecho, siempre) se acababa, así que pongo el intermitente para irme al izquierdo. Él, que lo ve, acelera para no dejar que me meta, y yo acelero también para meterme. J. agarra el volante y tira de él hacia la derecha, mientras grita: "¿Qué haces, loca? ¡No te piques!" Luego me ha explicado lo que es el "efecto caparazón", o cómo un señor encantador se convierte en un energúmeno al volante...

No hay derecho.

Cuando tenga mi carné, se van a enterar.